lunes, febrero 11

EL PALACIO URMENETA


LAS RIQUEZAS DE TAMAYA Y EL EMPUJE INDUSTRIAL DE JOSÉ TOMÁS URMENETA DOTÓ A SANTIAGO DE UN PALACIO SIN COMPARACIÓN A FINES DE LA DÉCADA DE 1860, INMUEBLE QUE SE CONSIDERÓ UNO DE LOS MÁS LUJOSOS Y SOLEMNES DE TODA LATINOAMÉRICA. SU SILUETA DE CASTILLO MEDIEVAL MARAVILLÓ A SUS CONTEMPORÁNEOS Y LOS POCOS QUE TUVIERON LA SUERTE DE CONOCER EL INTERIOR, PUDIERON APRECIAR PIEZAS ARTÍSTICAS EXCEPCIONALES, ENVUELTAS EN ESE MÁGICO RUMOR ARISTOCRÁTICO, QUE PARECÍAN OSTENTAR ESAS VIEJAS Y OLVIDADAS MANSIONES SEÑORIALES.
 
COMO MUCHAS COSAS EN CHILE, NO TUVO UNA LARGA VIDA ESTE PALACIO, Y TRAS SU LAMENTABLE DESAPARICIÓN, SE CONVIRTIÓ EN EL MÁS NOSTÁLGICO HITO DE LA ARQUITECTURA NACIONAL.




 Es difícil denominar palacio a un inmueble que no es tal en el sentido más preciso de su definición. Menos aun si pensamos que en Chile no hubo monarquía o corte que los ocupara, ni estuvieron por generaciones en una familia como pasa con las grandes residencias de España, Francia o Italia; tampoco se parecen a esos enormes conjuntos urbanos que predominaron en Europa u Oriente durante los siglos XVIII y XIX; y en el panorama citadino actual parecen más unos anecdóticos mamarrachos de estuco a mal traer que la noble residencia de un acaudalado burgués o aristócrata decimonónico.

Sin embargo bastó sólo con incorporar estas líneas al texto para percatarnos que a pesar de las diferencias, nuestros palacios guardan ciertas similitudes ligadas más a un simbolismo urbano-social que a la mera reinterpretación de conceptos arquitectónicos.
Miremos con perspectiva nuestra historia, adentrémonos en el Chile del 19 con sus conflictos políticos y precariedades financieras. Si lo hacemos aprenderemos a valorar el vertiginoso cambio que sufrió nuestro país a partir de 1850, cuando la bonanza económica favoreció a algunas familias, poniendo en marcha un completo cambio cultural que se abalanzó sobre el gobierno, el clero, la intelectualidad, los artistas y todos los segmentos de la sociedad.


La sencilla población se afrancesa, se vuelve más sofisticada. Necesitan de espacios acordes a su nueva situación: construyen bulevares, teatros, paseos y parques. Proliferan las tiendas de lujo, los cafés, los clubes y en las casas se acostumbra a recibir constantemente en salones finamente amoblados.


Esa suntuosidad interior contrastaba con el aspecto de las casas citadinas, que no mostraban muchas variaciones desde la austera época colonial. Es por eso que a partir de 1860 algunas ricas familias encargan la construcción de románticas residencias, exóticas dentro del panorama urbano santiaguino y tan lujosas que permitieron dar rienda suelta a los más encopetados usos sociales, rito que acompañó a todos sus ocupantes, convirtiéndolos en verdaderos reyes sin corona en el fin del mundo.
No eran muchas las mansiones que podían ser tildadas de palacio a inicios del siglo XX, se contaban entre las más suntuosas el palacio de Maximiano Errázuriz, de Luis Pereira, de Claudio Matte, de José Arrieta y  d José Manuel Yrarrázaval. German Kraushaar en "Intimidades e Interiores del Palacio Cousiño", un artículo escrito para la revista En Viaje de 1956, escribe que en Santiago además del Palacio Cousiño y los que nombramos, existieron otros muy lujosos entre los que se contaban  "el de Urmeneta en la calle de las Monjitas; el de Díaz Gana en la Alameda; el de Edwards en la calle Catedral; el de Meiggs en la Alameda; el de Real de Azúa en la calle de las Monjitas; el de Echaurren Valero en la calle Dieciocho; el de Elguín en la Alameda; el de Ossa en la calle Compañía y el de Garín en la Alameda esquina Carrera". Desafortunadamente hoy muy pocas de estas casas sobreviven, la mayoria fueron demolidas cuando la presión inmobiliaria, la poca conciencia y la pérdida de las fortunas, vinieron de la mano con los avances que regaló el siglo XX. Aunque eso ahora es materia de otro reportaje...


Palacio Real de Azúa, Colección CENFOTO- Palacio Elguín en la década de 1890, y el Hall del mismo edificio en la actualidad. Fotografías del Archivo Brügmann. Para más información: http://brugmannrestauradores.blogspot.com/2011/02/compendio-del-patrimonio-perdido.html
El Palacio Concha Cazotte desde la Alameda, en Chile To Day, 1908. Colección Brügmann- El Palacio Edwards en la calle Catedral esquina Morandé; Salón del mismo palacio en la década de 1910. Colección Brügmann


El palacio de Henry Meiggs en la Alameda, para más información visita: http://brugmannrestauradores.blogspot.com/2010/03/el-palacio-de-la-quinta-meiggs.html. - Imágenes del suntuoso Palacio Cousiño, hoy Museo de época. Colección Brügmann.

Volvamos entonces a nuestra historia: el panomara social de Santiago cambia vertiginosamente gracias al auge de la industria, el comercio y la minería; son un puñado de personas quienes ostentan un poderío económico inimaginable en los albores de la República. Todos ellos con gran tenacidad y esfuerzo han logrado forjar fortunas cuantiosas que no dudan en exhibir a través de nuevos usos sociales, que implican la tenencia ahora de bienes de lujo, que se hicieron cada vez más sofisticados a medida de que el 1800 se iba extinguiendo.



 José Tomás Urmeneta y su familia


José Tomás Urmeneta y García-Abello
Dentro de esa pléyade de hombres y mujeres que desfilaron en nuestros salones, destacó un intrépido industrial cuya perseverancia y compromiso con el bienestar del país, lo convirtió sin discusión en el Rey Midas de Chile y en uno de los hombres más ricos de toda Latinoamérica. Su nombre era José Tomás Urmeneta y García-Abello, quien a pesar de provenir de una tradicional familia de origen aristocrático y haber recibido una esmerada educación en Inglaterra, se encontraba en un poco ventajosa situación económica hacia 1840, producto de malos negocios y baja productividad de los yacimientos que explotaba. Su mayor obsesión era encontrar una rica veta de cobre en Tamaya, esquivo yacimiento que mantuvo por años a Urmeneta invirtiendo sus horas y todo el capital que poseía hasta llegar casi a la bancarrota. Su mujer y sus hijas, que no lo abandonaban, lo acompañaron en su búsqueda, viviendo en una miserable choza en el norte de nuestro país muy cerca del yacimiento. Tanto esfuerzo valió la pena, pues encontró en 1853 la rica veta del Frontón Campino –en Tamaya- que comenzó a explotar obteniendo altas utilidades, que se incrementaron cuando la Guerra de Crimea hizo subir por las nubes el precio del cobre a nivel mundial.


Sabiendo que la industria de la minería estaba en alza, invirtió grandes cantidades en modernización de la producción, importando las últimas tecnologías europeas; a la vez comenzó la explotación de oro, plata y carbón, diversificó los negocios participando en sociedades anónimas, molinos, bancos, grandes extensiones agrarias, una viña, propiedades urbanas y casas-quinta rurales, entre las que se contaba la hermosa estancia de Limache y la Quinta Bella, fabulosa casa de verano cercana a Santiago, cuya capilla aun existe, convertida en parte del Centro Cultural de la Municipalidad de Recoleta.
Marca de vino registrada por Carmen Quiroga de Urmeneta en 1881- Fuente: memoriachilena.cl

La Capilla y la casa Quinta Bella en la década de 1920, cuando pertenecía a la Casa de Orates- Colección Brügmann

El último sobreviviente de la opulencia de Urmeneta, es el oratorio que encargó al arquitecto Manuel Aldunate en 1864 para su fundo en las afueras de Santiago. Actualmente es parte de la Corporación Cultural de Recoleta y espera los fondos para su restauración. Imágenes del sitio web de la Corporación cultural de Recoleta.


Carmen Quiroga de Urmenta.
José Tomás Urmeneta se había casado en 1832 con doña Carmen Quiroga Aguirre Darrigrande y Marín, una aristocrática joven de La Serena, emparentada con ricos hacendados y mineros de la zona, contactos que ayudarían a Urmeneta sacar a flote sus negocios en las épocas más difíciles. La figura menudita, de paso ligero, pelo ensortijado y amplios vestidos de raso acompañará en todas sus proezas a Urmeneta, y se convertirá en una destacada filántropa, que donó gran parte de su fortuna a los más necesitados; será también el alma de este rígido hombre de negocios, quien no olvidaba escribirle diariamente cuando estaba de viaje “no puedo hijita tan querida dejar pasar el día tan memorable para nosotros (cumplían 39 años de matrimonio) sin saludarte y mandarte muchos besos con el sincero y tierno amor que te profesa tu choco; aunque a tanta leguas de distancia mi pensamiento está contigo…”, 7 de julio de 1873, Europa. Nazer, R. Capítulo III: José Tomás Urmeneta, un empresario minero del siglo XIX. En Ignacio Domeyko, José Tomás Urmeneta, Juan Brüggen: tres forjadores de la minería nacional. Instituto de Ingenieros en minas de Chile.1993. Pág. 146.


El matrimonio tuvo 3 hijas: Manuela, Carmen y Amalia, cuya opulencia contrastó tristemente con su corta vida.

Carmen murió con apenas 12 años, mientras que Amalia se casó con Maximiano Errázuriz Valdivieso en 1855, muriendo lamentablemente al dar a luz a Rafael en 1861, el quinto de sus hijos. Se le recuerda en algunos pocos retratos que han sobrevivido.

Manuela, tenía una salud muy frágil, se casó con Adolfo Eastman y pasó gran parte de su vida en sanatorios europeos buscando cura a sus afecciones. “En un ala del palacio vivía, o más bien pasaba rápidamente por la vida, Manuela Urmeneta de Eastman o la tía Manuelita, como cariñosamente la llamaban los que la adoraban –que eran pocos los que tenían el privilegio de conocerla… Guardada como un relicario en el marco romántico de esa arquitectura neomedieval, siempre enferma, no salía de su aposento y enjoyada tanto de su fina belleza como con sus preciosas alhajas, su espíritu vibrante era un centro de atracción para la escogida juventud de sobrinos y amigos de éstos...”. En: Subercaseaux, B. Amalia Errázuriz Urmeneta. Imprenta y editorial San Francisco. Padre de las Casas, Chile. Pág.54.

Murió Manuela pocos días después de su padre, en 1878.

Señoras Carmen Quiroga de Urmeneta, Amalia Urmeneta de Errázuriz, Manuela Urmeneta de Eastman y don José Tomás Urmeneta y García-Abello. Oleo de Raimundo Monvoisin. En: Catálogo de remate de don Rafael Errázuriz Urmeneta, 1957.

Maximiano Errázuriz Valdivieso se casó con Amalia Urmeneta. Del diario de una de sus hijas, Amalia Errázuriz (casada con el famoso pintor Ramón Subercaseaux) se pueden extraer algunos datos de la vida de la familia Urmeneta  y su palacio en Santiago. En las imágenes, don Maximiano Errázuriz, Amalia Urmeneta y Amalia Errázuriz, retratada por el pintor John Singer Sargent, en 1880.

La desdicha de sus hijas fue un golpe duro para don José Tomás, quien se sobrepuso forjando un imperio económico sin precedentes en la historia chilena. Con la ayuda de sus yernos, Maximiano Errázuriz y Adolfo Eastman, emprendió numerosas empresas entre las que se contaban una compañía de barcos y vapores, ferrocarriles, bancos, un viñedo, fundiciones y la Compañía de gas, que en la década de 1860 fue la encargada de suministrar el alumbrado a gas de todo Santiago.


Su éxito empresarial se recompensó con sillones en el Congreso Nacional, siendo Diputado y Senador. También fue proclamado candidato a la presidencia de Chile en 1870, perdiendo ante Federico Errázuriz Zañartu.


“El Sr. D. José Tomás de Urmeneta, otro de los huéspedes distinguidos que nos ha enviado últimamente la República de Chile, es un opulento propietario de aquel rico país, dotado de todas las prendas del caballero y verdadero patriota… Al llegar de nuevo a éstos países, nos hacemos un deber de saludarlo muy cordialmente, deseándole una feliz y tranquila permanencia entre nosotros”. En: Diario El Americano, Paris. Junio 16 de 1873.
Portada de el diario El Americano, 7 de julio de 1873, Paris.


La fama de Urmeneta traspasaba fronteras, su riqueza le abrió las puertas de los grandes mercados y los círculos sociales de Francia, España e Inglaterra, país con el que sentía una clara fascinación. Durante un viaje en 1873 fue recibido amablemente por los periódicos locales, el Diario El Americano dedica su portada al distinguido huésped Chileno, exhibiendo un retrato y un extenso artículo con la historia reciente de sus hazañas políticas, avances económicos y ardua labor filantrópica.


Ese año se hospedó primero en Inglaterra donde visitó a su amigo Carlos Lambert, otra leyenda de la minería del cobre en nuestro país. Luego se trasladó a Paris, a un departamento donde vivía su hija Manuela junto a su marido Adolfo Eastman, ahí recibe visitas de los numerosos amigos trasplantados que hacen de la ciudad luz su hogar. De las cartas que Urmeneta envía a su mujer que lo espera paciente en la Hacienda de Limache, se pueden extraer fragmentos de su estadía. “Adolfo me tenía un coche de lujo con cocheros y jockey ingleses tomados por un mes, salgo como un lord todos los días”… “En la noche fuimos a la gran ópera italiana, tu choco muy elegante de frac y guantes blancos, muchos anteojos de las gringas se dirigieron a nuestro palco, uno de los mejores y muy caros”… “si vieras las cortesías que me hacen, todo aquí hijita, es cuestión de plata, y yo no he venido a incomodarme por no gastar algunos pesos de más”, comenta por último sobre el viaje en el tren expreso que realiza de Paris a Ginebra, en un departamento privado. Durante el viaje adquiere numerosos muebles, vitrales, lámparas y objetos decorativos para su palacio de calle Monjitas, compra joyas para su hija y su mujer; además de encargar retratos, y comprar tres órganos: uno para la capilla de Limache, otra para su capilla de Quinta Bella y otro que donará a una iglesia que no especifica.

El joven Urmeneta había sido enviado a Inglaterra para estudiar, estadía de 3 años que logró forjar una fascinación por el mundo anglosajón. Mostró esta influencia en el tratamiento de sus negocios, la administración de sus estancias, los gustos estéticos, modales y personalidad, “era un caballero muy respetable y distinguido, educado en Inglaterra, en donde no solamente había adquirido la cultura inglesa sino que también los hábitos, las aficiones y todas las condiciones morales, y aún diría las físicas que caracterizaban a un gentleman”. En: Barros, M. Recuerdos de mi vida. Editorial Orbe. Santiago de Chile, 1942. Pág.96


La fascinación por el país de la Reina Victoria se reflejó en su estilo de vida: criaba caballos de fina sangre en su hacienda de Limache, era un aficionado a las carreras y en su palacio de Santiago era atendido por lacayos que había contratado en Inglaterra. Su secretario privado era de origen inglés y como muchos connotados capitalistas del viejo continente, adquirió un enorme yate -envidia para sus contemporáneos- en el que realizaba visitas a las fundiciones de Coquimbo o Atacama, y en el que surcaba las tormentosas aguas del océano Pacífico, llegando en una oportunidad a la isla de Tahití, donde fue recibido por la Reina Pomaré, con quien mantuvo correspondencia y una grata amistad.
La reina Pomare IV, que reinó Tahiti entre 1827 y 1877- Grabado de el "Dart" yate privado del señor Urmeneta. En: Nazer, R. Capítulo III: José Tomás Urmeneta, un empresario minero del siglo XIX. En: Ignacio Domeyko, José Tomás Urmeneta, Juan Brüggen: tres forjadores de la minería nacional. Instituto de Ingenieros en minas de Chile.1993.


No sólo las extravagancias propias de un millonario eran parte de la vida de Urmeneta, también junto a su mujer realizó grandes obras de beneficencia. “El señor Urmeneta bajo la corteza glacial de un gentleman inglés, escondía uno de los corazones más abiertos y genuinamente chilenos que hayamos conocido”, comentará Benjamín Vicuña Mackenna, al referirse a la generosidad de este patriarca. Fundó la Casa de Orates, haciendo periódicamente donaciones, entre las que se contó la instalación de cañerías de agua potable; fue también benefactor del cuerpo de Bomberos de Santiago, colaborador de la Sociedad de Instrucción Primaria, sostenedor de escuelas rurales, lazaretos y hospitales. Ayudó a reconstruir las Iglesias de La Estampa y la Viñita, ofrecía generosos donativos a instituciones artísticas, siendo mecenas de algunos artistas como el pintor Antonio Smith; donó la pila de mármol de la Plaza de Limache, y la pila de fierro de la Plaza de San Bernardo, que abastecía de agua a los vecinos.


El 20 de octubre de 1878, José Tomás Urmeneta moría víctima de un aneurisma cerebral en su querida estancia de Limache. Fue trasladado en ferrocarril al Cementerio Católico donde reposa en un fabuloso mausoleo gótico, digno de la residencia que habitó en vida. Su testamento benefició a su querida esposa, yernos y nietos; pero también a sus inquilinos, empleados, amigos y ahijados; además de diversas instituciones de caridad, que siguieron recibiendo suculentas donaciones de la mano de su viuda, doña Carmen Quiroga.


El Palacio Urmeneta

En la capital, don José Tomás junto a su familia residía en una cómoda vivienda que poseía en la elegante calle de las Monjitas, muy cerca de la Plaza de Armas, el teatro y el centro financiero de la ciudad. Servía especialmente para sus hijas que estudiaban en Santiago y que estaban ya en edad para desenvolverse en el refinado ambiente social. Con el tiempo, la casa se hizo estrecha y sencilla para la vida de sus connotados ocupantes, Urmeneta era ahora un importante capitalista, con aspiraciones políticas, dueño de una intensa vida social y financista de diversas obras de caridad.


Por ese motivo, compra la casa vecina, la reforma y une con su antigua morada, convirtiéndola en una gran mansión con cocheras incluidas, digna de la nueva posición que había alcanzado.

En 1868 adquiere el paño posterior a las casas, derribando todo el conjunto para construir un palacio bajo los planos del conocido arquitecto Manuel Aldunate y ejecutado por el constructor Eduardo Von Moltke. Los trabajos duraron por lo menos hasta 1873, año en que viaja al viejo continente donde adquiere vitrales, mármoles, maderas, tapicerías, cristalerías, y diferentes objetos decorativos para alhajar su nueva propiedad. El costo total fue 400.000 pesos de la época, una fortuna si comparamos que un fundo pequeño no costaba más de 27.000 pesos. El resultado fue una enorme mansión de pesadas líneas góticas que recordaba a las viejas fortalezas de Escocia, de aproximadamente 3.300 m2, con cocheras, jardines, mansarda, subterráneo y un ascensor.

La segunda cuadra de calle Monjitas perdía su tradicional trama de fachada continua, dando paso a una seguidilla de rejas de fino fierro forjado con pilares en tonos rojizos que sostenían elaborados faroles. Dos enormes portones coronados por el monograma familiar permitían ver la silueta roja del palacete cubierto de hiedra hasta la cima de sus torres, desde donde era apreciable todo Santiago.

Al centro del jardín una fuente de mármol humedecía el ambiente de cuidados jardines, animados de vez en cuando por marmóreas esculturas. El camino conducía a una amplia escalinata custodiada por dos leones de bronce, que feroces protegían las tres enormes puertas con ojiva que enmarcaban el acceso principal. 
Era este espacio un cuerpo adelantado al resto de la fachada, que tenía tres niveles: El primero servía de acceso por medio de esas tres puertas, el segundo era un largo balcón corrido y el tercero una seguidilla de ventanas, en cuyo centro se ubicaba el monograma familiar, siendo rematado todo el nivel por almenas medievales. El resto de la fachada se componía de dos enormes ventanas sobriamente decoradas en el primer y segundo nivel, mientras que el tercer piso lo componía una extensa mansarda de verde cubierta. Era rematado el edificio en sus extremos por dos torreones de sabor arabesco, con pequeñas ventanas ojivales y rejas de fierro. Aunque el estilo Tudor no era evidente, la totalidad del conjunto era imponente y magnífico.

Fachada del Palacio Urmeneta en 1898, en la segunda cuadra de la calle Monjitas. En: Catálogo del remate del Palacio Urmeneta, 1898.


“El palacio del difunto capitalista don José Tomás Urmeneta puede sostener parangón ventajoso con las más renombradas mansiones de su género en las primera capitales europeas”, En: La Ilustración española y americana - Año XXVII. Núm. 11. Madrid, 22 de marzo de 1883.


El interior del palacio deslumbraba por la generosidad de los espacios y la exquisitez de la decoración, que consideraba finas telas de aubusson para muros, impecable parquet distinto en cada habitación, chimeneas de mármol, vitrales, y un magnífico tratamiento en los detalles del edificio, que de por sí, eran toda una obra de arte; cuidados que prestó el arquitecto Manuel Aldunate, creador también del legendario Palacio Alhambra de Santiago, donde aun se puede apreciar la esmerada atención que se prestó en cada pincelada de la ornamentación.


Un amplio Hall recibía al afortunado visitante. Gruesas arquerías completamente pintadas en colores donde primaba el dorado, se elevaban varios metros y culminaban en el cielo abovedado que tanto carácter daba a las mansiones de influencia neomedieval. Las puertas daban paso a un Oratorio completamente equipado con confesionario, pilas de agua de bendita, misales, reclinatorios, pinturas y un crucifijo de marfil; caros elementos litúrgicos que eran muy similares a otro Oratorio ubicado en el segundo nivel de la mansión, ocupado generalmente por doña Carmen Quiroga.

También daba paso al Escritorio personal del señor Urmeneta, con fino mobiliario marroquí, cortinajes de seda, estanterías de nogal colmadas de libros, relojes de bronce, caja fuerte, mesas de juego, finas pinturas de la escuela veneciana, “Diana y ninfas” de la escuela de Rubens y el valioso óleo “La Concepción” de Carlos Maratta.

Al fondo del Hall, la luz tenue de dos esculturas a gas permitía ver una escalera de madera de un tramo y luego divida en dos, en cuyo descanso se encontraba el valioso mármol “Niño con pollos”. La escalera desembocaba en un entrepiso iluminado por vitrales que servía de vestíbulo, donde se había creado un lujoso recibidor decorado por fina tapicería, sillones de caoba, una mesa, variedad de figura en bronce o mármol, y “Pablo y Virginia”, obra del escultor italiano Kelly, hoy parte de la colección del Club de la Unión. Desde este espacio se accedía a la escalera que conducía al siguiente nivel, también a un comedor de diario, finamente alhajado con piezas de plata y porcelana inglesa, y cortinajes de cachemira india.
Hall del Palacio Urmeneta en 1898, al fondo se ve la escultura "Pablo y Virginia" del escultor Kelly. En: Catálogo del remate del Palacio Urmeneta, 1898.


“Fuera de la monumental escala principal, había lujo de escaleras de caracol, incluyendo una de carácter misterioso por la que, al parecer, se podía salir secretamente a la calle, pero cuya llave no pudimos encontrar nunca. El edificio era de hermoso estilo neogótico, típico de aquella época romántica, y su construcción era excelente… Tenía un ascensor del porte de un regular dormitorio accionado a mano por medio de cuerdas y poleas, y que nadie se atrevía a usar por temor a la catástrofe…” En: Subercaseaux, P. Memorias. Editorial del Pacífico, Santiago de Chile. 1962. Pág. 127
Como todo gran palacio poseía un enorme salón de recepciones, conocido como el Salón de Honor, con fino mobiliario dorado tapizado en seda amarilla, material que también cubría los decorados muros y que junto a las pilastras y el juego de espejos causaba enorme impresión entre los asistentes. Porcelanas de sevres, boules, mesas con cubierta de mármol, un reloj de bronce y lámparas de cristal complementaba la ya solemne decoración.
Gran Salón de Honor del Palacio Urmeneta, sitio predilecto para las grandes recepciones. En: Catálogo del remate del Palacio Urmeneta, 1898.


Otro espacio de recepción era el Gran Comedor, con una larga mesa de encina, 18 sillas con tapiz marroquí y un sofá. Los muros eran decorados por finos panneaux de bronce en relieve, cortinajes de cachemira india y del cielo pendían dos grandes lámparas; que hacían relucir los servicios de plata trabajadas en Paris, la porcelana inglesa y la cristalería.
Gran Comedor del Palacio Urmeneta. En: Catálogo del remate del Palacio Urmeneta, 1898.


“(José Tomás Urmeneta) recibía con mucha frecuencia, sobre todo a comer, pero en la intimidad. En mi tiempo nunca dio grandes bailes, ni comidas suntuosas, pues vivía sólo con su señora, porque sus hijas estaban casadas desde hacía tiempo; pero él bastaba por sí solo para dar vida e interés a su hogar, pues era muy atrayente y de mucho hábito social”. En: Barros, M. Recuerdos de mi vida. Editorial Orbe. Santiago de Chile, 1942. Pág.97

El salón colorado servía de sala de música, un piano de cola marca Erard amenizaba las tertulias, mientras los convidados conversaban entre esculturas de bronce, lámparas de cristal y el fino mobiliario de jacarandá, compuesto por un etagere, boules, sofás, poltronas, mesas y sillas.

El pianista Louis Moreau Gottschalk
“(José Tomás Urmeneta) era muy aficionado a la música de modo que tenía permanentemente palco en el Teatro Municipal del que usufructuaban más sus relaciones que él mismo, pues en sus últimos años salía muy poco. En cambio invitaba con frecuencia a los cantantes y músicos que más le agradaban, a su casa, para oírlos con más comodidad. Entre muchos otros recuerdo haber oído tocar en su salón al famoso pianista Gottschalk”. En: Barros, M. Recuerdos de mi vida. Editorial Orbe. Santiago de Chile, 1942. Pág.97


La mansión poseía al menos cinco salones más, tapizados en seda y con chimeneas de mármol. Una sala tenía amoblado de gobelinos, pinturas de Lebrun y Humbert; otra sala servía para juegos de salón, destacando una mesa de mármol con tablero de ajedrez, “San Antonio” óleo original de Diego Velásquez, y, “La Asunción” y “El Calvario” original de Rubens.

El último nivel del palacio era ocupado por una sala de billar, con mesas, sofá y sillas de caoba; y por una extensa mansarda, donde Urmeneta distribuyó su escogida galería de pinturas y objetos curiosos. En ella situó una colección de minerales chilenos, importantes documentos literarios, esculturas de mármol, bustos de personajes célebres, el sable del General Pinto, animales disecados, colección de monedas de oro y finos muebles de distinta procedencia. Dentro de las pinturas se encontraban obras del siglo XVI, de la escuela veneciana y flamenca. También óleos del pintor Monvoisin, un original de Carlos J. Bernet, acuarelas de Rugendas, el italiano Cicarelli, el noruego Saal, Casto Placencia, José de la Vega, Eraud, Huismann, Bonnegrace, al menos tres pinturas del famoso español Pradilla y un gran plafond de iglesia atribuido a Rubens.

De los pintores chilenos que apadrinaba, Urmeneta tenía en su galería obras de Antonio Smith, Araya, Tapia y Onofre Jarpa.

El jardín posterior estaba decorado por una imponente escultura de Júpiter en mármol, que entre los grandes árboles se perdía, junto a las piletas y dos figuras que representaban a las musas de la poesía y la música.
Una de las galerías de curiosidades en la mansarda del Palacio Urmeneta- El óleo "La Asunción" de Rubens. En: Catálogo del remate del Palacio Urmeneta, 1898.


Doña Carmen Quiroga de Urmeneta heredó el palacio a la muerte de su marido, habitándolo intermitentemente hasta su muerte en 1897. En junio del año siguiente el mobiliario y las obras de arte salieron a remate, siendo martillero don Patricio Aldunate.


La decadencia


“Yo recuerdo con nitidez aquel célebre palacio que don José Tomás Urmeneta y su esposa doña Carmen Quiroga construyeron en la acera norte de la segunda cuadra de calle de las Monjitas y que antes de sus transformaciones comerciales era toda una evocación de la vieja Inglaterra; aquella enorme construcción estilo gótico inglés, en que las yedras habían trepado hasta la cima, fue siempre para mí una demostración del buen tono de los grandes señores de Santiago. Era aquella residencia en la ciudad, una nota vetusta llena de distinción, y siempre que de niño pasaba por este palacio, relatábanme alguno de sus viejos esplendores”. En: Balmaceda, E. Del presente y del pasado. Ediciones Ercilla, Santiago de Chile. 1941. Pág.98


Al poco tiempo heredó el palacio doña Amalia Errázuriz, nieta de José Tomás Urmeneta, quien estaba casada con el diplomático don Ramón Subercaseaux. “Había llegado a casa, es decir, a otra casa, nueva para mí, de las numerosas en que ha vivido nuestra movediza familia. Se trataba esta vez del suntuoso palacio que se había construido mi bisabuelo don José Tomás Urmeneta en la calle Monjitas. Si era realmente suntuosa y palaciega, esta casa era también incómoda por la altura de sus pisos y lo complicado de su distribución…”, comentará el hijo de ambos, Fray Pedro Subercaseaux años después en sus memorias.

Lo cierto es que no fue feliz la estadía de la familia en esa casa; en 1906 enfermaron gravemente dos de las hijas menores, muriendo con un mes de diferencia. El terremoto de ese mismo año y la pena los obligaron a abandonar el palacio esa misma noche. “El Palacio Urmeneta se estremeció terriblemente aquella noche calamitosa del terremoto, pero su construcción potente resistió a todo. Fue grande mi espanto al encontrarme a tanta altura, sintiendo el continuado remezón de las paredes. Viendo que el sacudimiento no disminuía, me resolví sacar a los niños… a nuestra pasada por los grandes salones divisábamos los muebles saltando de sus sitios, los bronces cayendo de las mesas, las luces de las lámparas apagándose solas; era una cosa fantástica, de otro mundo o de juicio final…Nunca más volvimos a habitar el Palacio Urmeneta”. En: Subercaseaux, B. Amalia Errázuriz Urmeneta. Imprenta y editorial San Francisco. Padre de las Casas, Chile. Pág.211


El palacio entonces fue arrendado para fines comerciales, sin mucho éxito los primeros años por el tamaño de la construcción. En 1910 durante las fiestas del Centenario de la República Chilena, se decidió arrendar la mansión para montar la Exposición Histórica del Centenario, una iniciativa que había tenido como precedente la exposición que realizó el Intendente Vicuña Mackenna en 1873, donde se atesoraron diversos objetos de la época colonial. Ésta exhibición buscaba ahora recuperar esos objetos valiosos y complementarlos a la ya numerosa cantidad de piezas modernas e históricas del siglo XIX, donadas por algunas familias. Para más información visita: http://brugmannrestauradores.blogspot.fr/2011/03/el-palacio-urmeneta-y-la-exposicion.html

Salones del Palacio Urmeneta con las obras prestadas para la Exposición Histórica del Centenario en 1910.

Un salón y el Hall del Palacio Urmeneta con las obras prestadas para la Exposición Histórica del Centenario en 1910.

En 1914 la mansión se convirtió en el Palace Urmeneta Hotel, un concurrido centro social santiaguino, en donde se realizaban continuamente banquetes y los populares “Dancing Tea” en beneficio de la Fundación Las Creches.
Familias Serrano Gundelach  y Peñafiel Gundelach en el Palacio Urmeneta Hotel. Revista Sucesos, 1915. Archivo Brügmann

Familias Edwards Bello y Astoreca Granja asistente a un Dancing Tea en el Palacio Urmeneta Hotel- Familias Prieto y Bozo Valenzuela asistentes a un Dancing Tea en el Palacio Urmeneta Hotel. Revista Sucesos, 1915. Archivo Brügmann

"Grupo de asistentes a los Dancing Tea que se efectuan los jueves de cada semana en beneficio de Las Creches, y a los cuales asisten distinguidas familias de la sociedad Santiaguina". Revista Selecta, 1915. Archivo Brügmann.

Colonia Boliviana en el jardin posterior del palacio, 1914.
“Aniversario de Bolivia- La colonia, siguiendo una costumbre tradicional, celebrará en el Palace Urmeneta Hotel este acontecimiento”, publicaba la revista Sucesos en 1914.


Posteriormente fue arrendado para oficinas, ahí tenía su consulta el Dr. Ducci, quien habitaba un ala del palacio. En 1929 el edificio sale a remate “Remate Voluntario del Palacio Urmeneta- Extensión: 3.300 m2 MINIMUM: $500.000…” anunciaba el Mercurio de enero de ese mismo año. El gobierno chileno planteó ante el congreso la iniciativa de compra, para situar ahí el Museo Histórico Nacional, que aun no tenía edificio definitivo; lamentablemente la crisis del salitre había dejado vacías las arcas fiscales, debiendo abstenerse el gobierno de hacer una oferta. Sin compradores el palacio fue demolido ese mismo año, y en su solar se terminaron vendiendo plantas, hasta que a inicios de los años 30 se construyó un moderno pasaje de edificios, que hoy lleva el nombre del Dr Ducci, último habitante del palacio.

Aviso del remate del Palacio Urmeneta. El Mercurio, 1929.


La pérdida de este hito de la arquitectura y la historia nacional fue sentida por todo aquel que lo conoció:


“Con profunda pena vi desaparecer, hace poco, su hermoso palacio que era lo único que ya quedaba de aquel hogar tan señorial y de una distinción suprema” comentará Martina Barros de Orrego en sus memorias.

“Donde estuvo el Palacio Urmeneta hay un cine y dos pensiones. Los antiguos palacios de la ilustre calle Monjitas son ahora clubes, pensiones o tiendas…” rememorará el escritor Joaquín Edwards Bello.

“El palacio Urmeneta, en su tiempo, justo orgullo de la ciudad, tuvo, como los palacios góticos de Venecia, una decadencia triste; de señorial mansión, pasó a salón de baile, luego, a hotel, por fin, ya destruido, profanado, a solar donde se vendían plantas en maceteros”, comentará finalmente Eduardo Balmaceda Valdés en sus memorias.


El Palacio Urmeneta, testigo de una época en que la sociedad chilena cambió radicalmente sus hábitos y costumbres, icono de la arquitectura romántica del siglo XIX y sueño orgulloso de un personaje que cimentó las bases de la cultura, industria y filantropía nacional, ya no existe.

Las frías arquerías góticas junto con los balcones oscurecidos por la hiedra desaparecieron bajo la mano del malentendido progreso chileno, que irrisoriamente construye un futuro dándole la espalda a su pasado.


Hoy a 83 años de distancia - con cientos de ejemplos de desidia patrimonial y especulación inmobiliaria que destruye identidades, barrios y fragmentos de nuestra historia- vemos que las cosas poco han cambiado… Sólo algunos entienden que una ciudad respetuosa de su urbanismo y orgullosa de sus exponentes arquitectónicos, puede entender mucho mejor su origen y transformaciones, enseñándole a sus habitantes a dar la cara de forma más respetuosa al presente. Son esas grandes construcciones las que supieron concentrar por años -mejor que cualquier documento- las aspiraciones de una sociedad y un momento preciso de nuestra historia, del que debemos aprender para enfrentar un futuro sin los mismos errores...

Fernando Imas Brügmann
Mario Rojas Torrejón
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Bibliografía


BALMACEDA, E. Del presente y del pasado. Ediciones Ercilla, Santiago de Chile. 1941.

BARROS, M. Recuerdos de mi vida. Editorial Orbe. Santiago de Chile, 1942.

EDWARDS, J. Andando por Madrid y otras páginas. Selección, ordenación y prólogo de Alfonso Calderón. Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile. 1960. 

Diario El Americano, Paris. Junio 16 de 1873.

Diario El Mercurio, Santiago de Chile. 1929. 

IMAS, F. ROJAS, M. Palacios al norte de la Alameda: El sueñor del Paris Americano. ARC editores. Santiago de Chile. 2012.


La Ilustración española y americana - Año XXVII. Núm. 11. Madrid, 22 de marzo de 1883.

NAZER, R. Capítulo III: José Tomás Urmeneta, un empresario minero del siglo XIX. En Ignacio Domeyko, José Tomás Urmeneta, Juan Brüggen: tres forjadores de la minería nacional. Instituto de Ingenieros en minas de Chile.1993. 

SUBERCASEAUX, B. Amalia Errázuriz Urmeneta. Imprenta y editorial San Francisco. Padre de las Casas, Chile.

SUBERCASEAUX, P. Memorias. Editorial del Pacífico, Santiago de Chile. 1962. 

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Felicitaciones por tan extraordinario material de recopilacion historico - Arquitectonico
me hubiera encantado conocer el palacio urmeneta en vivo y en directo , pero gracias a su blog ya he conocido algo..
espero que nuestras autoridades comprendan que el patrimonio nacional construye presente y futuro..
en chile, existe mucho patrimonio
arquitectonico que esta en peligro , ¡ pero existen esperanzas de cambio ¡ ..


hoy 29-12-2013 sé publicó en el
Mercurio la pronta recuperación
del palacio Pereira
¡Que buena noticia ¡

saludos
Fernando Chavez Oliva


ricardo fernàndez dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ricardo fernàndez dijo...

Excelente recuento histórico sobre el Palacio Urmeneta y don José Tomás.
Felicitaciones.

Ricardo Fernández